El milagro alemán







Son la excepción que confirma la regla. El alumno aplicado que se sentaba en primerísima fila y que no se conformaba con menos de un notable. El trabajador que hace horas extras o el anciano de firmes convicciones que siempre se sale con la suya. Alemania, siempre sin estridencias, ha logrado algo único en el fútbol europeo. Dominadora, tozuda y siempre sobria, la selección alemana lleva marcando una época en el fútbol mundial desde 1954.





Algo se forjó en 1810

Tienen algo de androide, de máquina perfecta. Es algo que sobrepasa el fútbol, que carece de una fórmula que permita entenderlo. Hablar de Alemania es hablar de dominio; de solvencia sin brillantez, de triunfo sin halago. Desde que su idilio continental empezara en 1954 con la consecución de su primer Mundial, la Mannschaft se ha autoconvencido de que puede siempre con todo. No traten de entenderlo, se reduce así una historia con denominador común: la tozudez de su gente.


Otro gallo hubiese cantado sin dicho rasgo. Sin la tozudez, por ejemplo, los alemanes no tendrían su fiesta fetiche, la Oktoberfest. Fueron los habitantes de Múnich quienes, gracias a su perseverancia, consiguieron hacer de una pequeña boda real en 1810 una celebración que perduró hasta ser una referencia a día de hoy. ¿El secreto? La tozudez y el ansia de una población que disfrutó tanto de la boda que pidió hacer de aquella celebración algo permanente. Y vaya si lo consiguieron. Justo el mismo día de octubre, de un año después, los muniqueses se plantaron en el parque donde tuvo lugar la celebración: reclamaban su botín, reclamaban su fiesta. Pues a base de cerveza, el único producto que por aquellos tiempos se podía conservar en cantidades ingentes, los reyes pudieron contentar una población que, finalmente, logró conservar aquello que tanto disfrutó. La extrapolación, por lo tanto, es clara.


Los alemanes han hecho de los Mundiales su Oktoberfest. Es su fiesta, se niegan a abandonar el prado. Cuatro Mundiales y ocho finales les acreditan como los reyes del fútbol europeo. Con permiso de Italia, cuyo carácter ganador también es digno de estudio, la Nacionalef atemorece sus rivales en cada cita mundialista y sigue persiguendo su gran sueño: alcanzar a Brasil.

¿Y por qué no?

Es la pregunta del millón. Con la pentacampeona en el horizonte y con la herida del último Mundial todavía abierta, la selección alemana vive a día de hoy con el sueño de alcanzar los registros de la Canariña. Es un Kramer contra Kramer. Magia ante solvencia, fútbol total ante pragmatismo. En una batalla que va más allá de lo futbolístico, Brasil y Alemania se enzarzan en una especie de guerra fría por la dominación del fútbol mundial. En la retina, dos recuerdos claros: el 1-7 de Maracaná en 2014, y la gran noche de Ronaldo en Corea y Japón en 2002. La gran noche de los Klose, Kroos, Müller y los Schweinsteiger frente a la gran noche de Ronaldo Nazario.